domingo, 3 de julio de 2016

Por qué no me voy de aquí


  •  Tras 17 años de revolución, si algo ha quedado claro, es que Venezuela, ese otrora destino para millones de inmigrantes venidos de las más diversas latitudes, se ha convertido en testigo de una diáspora sin precedentes en nuestra historia. Hijos, sobrinos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, conocidos, celebridades… uno tras otro vamos perdiendo seres humanos valiosos. Ante ese panorama, muchas veces me preguntan ¿por qué no te vas? Aquí está la respuesta

Habrá trabajo mientras haya gente que quiera construir
Antes de comenzar quisiera aclarar dos cosas, porque sé que muchas personas van a criticar mis puntos de vista, diciendo que seguramente sólo deseo cuestionar a quienes toman decisiones distintas a las mías, como acostumbra a hacer mucha gente. O que simplemente juzgo a los que se van porque a mí me va muy bien en Venezuela y por lo tanto me es fácil quedarme. Debido a ello, quisiera explicar lo siguiente:

En primer lugar, respeto la decisión de quien se va, tanto como la de quien se queda. Cada cual es libre de tomar el camino que considere más conveniente para su bienestar. En segundo término, debo decir que, por la situación política, he perdido un trabajo estable en la Industria Petrolera, así como contratos y oportunidades en empresas públicas (y también en compañías privadas vinculadas al Gobierno), he debido hacer trabajos muy por debajo de mi capacidad, ganar mucho menos de lo necesario para mantener a mi familia, me he visto obligado a vender parte de mis activos, reducir las comidas y un largo etcétera. Así que ni quiero criticar, ni me va bien aquí.

Aclarados estos puntos, queda entonces por dilucidar cuáles son las razones por las cuales no me voy de Venezuela. Aunque los motivos bien se pueden reducir a uno sólo (porque no me da la gana), los explico de manera racional.

Primeramente, debo aclara que este país es mi hogar, no sólo porque nací aquí, sino porque ha sido la tierra de mi familia por generaciones. A diferencia de muchos de mis conocidos, que pueden contar historias de sus padres o abuelos que llegaron a esta tierra de oportunidades a buscar un mejor futuro, mis antepasados han estado aquí para vivir los episodios más gloriosos y más tristes de nuestra historia. Les tocó sobrevivir en épocas de dictaduras como la de Gómez y Pérez Jiménez, vivir en medio de los experimentos democráticos de López Contreras, Medina Angarita y Gallegos, incluso en los ensayos modernizadores de Guzmán Blanco y un poco antes, en las vicisitudes de las guerras civiles y los albores de la Independencia. Y es lógico que ahora estemos aquí, para vivir este momento particularmente complejo de nuestra historia republicana.

¿Que a ese país de oportunidades llegó una plaga de facinerosos que lo han invadido y lo han hecho “invivible”? Sí. Pero recuerdo que en dos oportunidades en mi casa debí enfrentar una invasión de plagas, una vez fueron ratas, la otra, hormigas. Y en ninguno de los dos abandoné la casa, sino que combatí y erradiqué las plagas. En esta circunstancia, que hoy vivo en este país, que es mi hogar, vuelvo a optar por la segunda opción.

Por otro lado, me dicen que en Venezuela hay una gran cantidad de oportunistas, gente que disfruta del facilismo, y para quienes, al final, la ruta del bachaqueo, la dádiva, o la corrupción, no le sienta del todo mal, y, por lo tanto, no tienen ninguna razón para combatir a una plaga a la que ni siquiera consideran como una amenaza. Que el desabastecimiento y la falta de oportunidades asfixian cualquier iniciativa de emprendimiento, de superación. Que la calidad y la capacidad son despreciadas, mientras se premia la mediocridad y la sumisión

Pero en medio de ese caos, veo que, aún con las puertas que se cierran, hay empresarios que producen (a mínima capacidad, es verdad, pero producen). Comerciantes que cambian de ramo, ajustan horarios y venden mucho menos, pero siguen vendiendo. Que colegios y universidades siguen luchando cuesta arriba, para dar educación de calidad. Que las panaderías siguen abiertas (vendiendo sólo los panes más caros o vendiendo de todo menos pan, pero vendiendo al fin y al cabo), manteniendo sus puertas abiertas, atendiendo al público y preservando empleos.

Bueno, allí están. Y gracias a ellos, aún podemos conseguir, poco o muy poco, pero algo. Y por ese esfuerzo, aún tenemos oportunidades para sobrevivir. Si todos nos damos por vencidos, no habrá nada que defender. Los médicos en consultas privadas (que cada vez menos gente puede pagar) tratan de compensar la ausencia de medicinas y recursos, que hace a esos mismos médicos, y a otros, llorar de impotencia en hospitales y ambulatorios de la red pública. Pero siguen trabajando. Muchos se han ido… pero muchos se han quedado.

Que un empresario que “no tiene necesidad de darse mala vida, porque la tiene resuelta”, decida endeudar su empresa, en dólares, para seguir funcionando, sólo para no cerrar y no generar más desempleo, resulta esperanzador. ¿Que de todos modos está buscando ganancias? Sí. Pero podría buscarlas en otro lado, con menos trabas. Y al hacerlo, miles de empleados pueden soñar con no perder sus fuentes de empleo.. otros, como es mi caso particular, podemos creer que conservaremos la oportunidad de mantener un cliente de quien nos hemos hecho, con esfuerzo y calidad, un proveedor confiable… y seguir trabajando.

Que muchas de estas empresas se mantengan operando, y trabajando sus comunicaciones corporativas, permite a un colega periodista de larga trayectoria, mantener una pequeña oficina de consultoría, y ello le abre el camino para darle la oportunidad a otros comunicadores, como también es mi caso, de trabajar con él. Ésa es una forma de abrir oportunidades en medio de las dificultades.

Mientras tanto, veo en el bulevar de Sabana Grande a un padre de familia que, en un día de descanso, se sienta en una banca con sus dos hijos, a compartir con ellos un litro de refresco, un trocito de queso blanco y tres pancitos dulces, logrando así, en medio de la escasez y con un poco de sacrificio, brindarle a sus pequeños eso que llaman “tiempo de calidad”. Y veo a señoras que siguen vendiendo empanadas, ciertamente cada vez más caras, pero tratando de darle valor agregado a esa harina que, con el paso del tiempo, se va haciendo más escasa.

Y cada día, al salir a la calle, veo a obreros que van con su morral al hombro, a trabajar porque aún hay gente que en este país, sí, en este país, quiere seguir construyendo. Y hay periodistas en periódicos digitales, enfrentando la falta de papel, porque la gente quiere saber. Y vendedoras que trabajan porque hay quien quiere seguir comerciando, y enfermeras que trabajan porque hay quien quiere seguir curando, y hay artistas porque, sobre todo, en este país hay gente que quiere seguir riendo.

No puedo decir que el día de mañana, no decida irme yo también. No es descartable que, de empeorar la situación, termine uniéndome a esa creciente diáspora criolla, buscando un futuro mejor para los míos. Sin embargo, de llegar a ser ese el caso, tendré que vivir con la alegría de haberles dado un excelente porvenir a mis hijos, pero también con la frustración de no haber podido defender la herencia de mis padres.

Sin embargo, por ahora, prefiero seguir en éste que considero el mejor país del mundo, no por las playas, o las montañas, o esos volcanes (que sólo existen en una canción que compusieron dos españoles que creo que nunca han venido a Venezuela y que por alguna extraña razón para muchos se ha convertido en un símbolo nacional). Me parece que éste es el mejor país del mundo porque es MI país.

Aún hoy, prefiero seguir aquí (parafraseando al maestro Gallegos) sufriendo, amando y esperando.

sábado, 13 de febrero de 2016

¿Por qué las fotos de boda son tan caras?

    • Uno de los puntos de discusión más frecuentes a la hora de planificar una boda, es el costo del servicio fotográfico. En más de una ocasión me he tropezado con opiniones en torno al precio de este servicio. Muchos clientes potenciales se quejan por considerarlos exorbitantes. Numerosos profesionales los defiende por considerar que cobran lo justo. Por ello, como fotógrafo, me gustaría tratar de explicar el asunto, de manera que sea comprensible.

    Ante todo, para explicar el tema de la mejor manera, me gustaría dividirlo en tres aspectos básicos: El primero es en qué consiste el servicio o los servicios de fotografía. El segundo es el argumento de los clientes y el tercero lo que dicen los fotógrafos. Finalmente, quisiera exponer mi visión personal sobre el asunto.

    El servicio

    La fotografía de bodas, en genérico, es un servicio que, a su vez, abarca varios servicios distintos. La primera distinción tiene que ver con el hecho de que éste se asocia también al servicio de video.  Aunque son dos cosas distintas, tienen muchos aspectos en común y, generalmente, los profesionales que se dedican a este ramo ofrecen ambos servicios. Aquí me voy a referir específicamente a la fotografía propiamente dicha, aunque algunos de los argumentos que expondré son válidos también para del video.
    Lo otro tiene que ver con el formato del producto final. Actualmente la tecnología digital permite apreciar las fotografías sin necesidad del proceso de revelado. Una computadora, tablet, laptop, Smartphone o cualquier otro dispositivo digital permite apreciar las imágenes. Sin embargo, está la opción de hacer impresiones y, con ello, utilizar un álbum o photobook para guardar estos retratos. Dependiendo de los formatos que se elijan, se pagará más o menos por el servicio.

    El cliente

    Si usted alguna vez ha solicitado este servicio, probablemente habrá pensado que el presupuesto que le presentaron fue muy elevado. Generalmente, al cuestionar estos honorarios se esgrimen dos razones principalmente: la primera es que el fotógrafo sólo va a estar una pocas horas “apretando un botón” y luego se va tranquilo. La otra razón es que “yo puedo pedirle a un amigo que me haga el favor de tomarme las fotos con la cámara que se compró hace poco”, y así me ahorro ese dinero.

    El profesional

    Como respuesta a estos cuestionamientos, los profesionales generalmente aducen dos argumentos: el primero es que los equipos que utiliza para su trabajo son costosos (y realmente lo son), sobre todo en Venezuela con los problemas de control cambiario y falta de divisas. Además de ser costosos, son delicados, se dañan por el uso, se deprecian, hay que hacerles mantenimiento y, eventualmente, reemplazarlos; todo lo cual requiere de erogaciones adicionales. El segundo argumento es que su trabajo no se circunscribe únicamente a las pocas horas que dura el evento, sino que debe editar las fotos en su computadoras, además de que el tomar las fotos no es sólo “apretar un botón” sino colocar la iluminación adecuada en el set fotográfico, adecuarse a las condiciones de luz en el evento para las tomas más informales, buscar los ángulos adecuados, etc. Todos estos argumentos son ciertos, pero aun así, no son suficientes para que el cliente quedé conforme con la explicación.

    Mi punto de vista

    Yo tengo una explicación mucho más sencilla: el servicio fotográfico es un producto de lujo. Tan simple como eso.
    Al ser un servicio de lujo, no le van a cobrar por lo que se invierte en prestarlo, sino por la calidad, el acabado y los extras del trabajo que van a hacer para usted y el producto que le entregan. Cuando usted compra una cartera de diseñador y le dicen el precio (altísimo, obviamente) el vendedor no se justifica diciendo “es que Louis Vuitton tiene máquinas muy costosas” o “es que esa gente trabaja mucho haciendo las carteras”. Simplemente le dice que es original  Louis Vuitton y por eso tiene ese precio.
    En el caso de la fotografía ocurre lo mismo. Incluso, hay fotógrafos profesionales que son, en sí mismos, una marca, y la gente los contrata por su nombre y su prestigio.
    Ahora bien, lo bueno de esto es que, como servicio de lujo, es optativo: usted decido si lo toma o lo deja. Dicho de otra forma, no está obligado a contratar a un fotógrafo.
    La realidad es que casarse no es caro. Lo único que hay que pagar es a la municipalidad por ese servicio para que tenga validez legal. Todo lo demás es opcional. El matrimonio es válido si se casó vistiendo un traje de diseñador hecho a la medida o si lo hizo trajeada con su uniforme de trabajo. Igual es válido no hizo ninguna reunión o si hizo una fiesta en el Mare Mares. Da lo mismo que anime su reunión con un reproductor de MP3 o si contrató a Guaco para cantar en vivo.
    ¿Qué no se va a ver tan bonita sin ese traje de $20.000? ¿Qué no se van a divertir igual sin champaña, caviar y sin Guaco? Todo eso es verdad. Como es verdad que no va a tener un recuerdo hermoso si decidió dejar el tema de la fotografía a su primo que estaba más pendiente de aprovechar el whisky gratis que de cargar las baterías de la cámara.
    Recuerdo que en una oportunidad un invitado a una fiesta en la que yo estaba prestando el servicio de fotografía, me preguntó por el costo de ese servicio. Yo, amablemente, le di un estimado del servicio básico y le expliqué lo referente a algunos adicionales. El hombre, con una altanería proporcional al contenido etílico en su sangre, me espetó: “¿Qué? Para eso hago yo mismo las fotos y me ahorro esos reales?” A lo que yo, educadamente, le respondí: “Por supuesto. Así se ahorra esos reales. Y es más: si se va al patio de su casa con cuatro cajas de cerveza, se ahorra los reales del salón de fiesta… y si se ponen a freír tequeños se ahorran los reales del catering y mesoneros”.
    El camarógrafo que estaba trabajando conmigo me preguntó “¿por qué le dijiste eso?” Y yo le dije: “porque es la verdad”.
    Por eso, mi recomendación es que no se pregunte “¿por qué un fotógrafo cobra tanto?” Es mejor que se pregunte “¿qué tipo de servicios quiero tener y estoy dispuesto a pagar?”

    viernes, 24 de abril de 2015

    Las palabras de Mendoza no las entiende chavismo ni oposición

    ·         Las reacciones que generaron las palabras del Ing. Lorenzo Mendoza en las redes sociales, sirvieron para mostrar que la intolerancia puede ser una característica común de los oficialistas y sus detractores. Esta actitud nos impide ver que nadie es indispensable, pero es indispensable que estemos todos.


    Hace algunos días, un audio del Ing. Lorenzo Mendoza, que estaba dirigido a los trabajadores de Empresas Polar, se hizo público a través de internet. En el archivo de sonido, se escuchaba al presidente del emporio industrial, haciendo un llamado a los venezolanos a permanecer en el país, a pesar de la actual situación.

    En sus palabras, Mendoza expresaba, entre otras, dos frases que se hicieron virales “Irse del país equivale a cambiar unos problemas por otros” y “nadie es indispensable pero todos hacemos falta”.

    Sobre la emigración, afirmaba que “respeto a la gente que tiene la oportunidad de irse (…) Esa es su decisión. No la comparto pero la respeto. Pero aquí 30 millones de venezolanos no podemos irnos (…) Aquí hay mucha gente que no puede irse para ningún lado y yo estoy con ellos. Yo estoy con la gente que no puede irse para ningún lado”.

    Sin embargo, lo más llamativo del discurso, aún por encima de las palabras mismas de Mendoza, fueron las reacciones que generaron sus opiniones.

    Una de ellas llamó particularmente la atención, pues aunque fue hecha por una joven abiertamente opositora, que había emigrado de Venezuela, contenía una crítica basada en razones de tinte indudablemente “chavista”. La escritora en cuestión, le increpaba a Mendoza su atrevimiento a expresarse de esa manera, diciéndole que “usted jamás ha hecho una cola para comprar harina P.A.N”. Y es allí, precisamente, donde se da la primera gran coincidencia en la forma de pensar de muchos chavistas y otros tantos opositores: Creer que el alto nivel socio-económico de Mendoza le impide opinar sobre la situación del país (después de todo, “ser rico es malo”, Chávez dixit).

    Lamentablemente, reacciones como ésta me convencen cada día más que el gran secreto para el éxito político de Chávez (y por herencia del Chavismo), estriba en el hecho de que el Teniente Coronel golpista conocía muy bien al venezolano y su idiosincrasia.

    Ciertamente, ese odio, resentimiento, o como quieras llamarlo, estaba allí, presente. Chávez no lo creó, ni siquiera lo incrementó, simplemente lo utilizó a su favor. Del mismo modo los hizo Hitler en la Alemania de los años 30 y 40: él no creó el racismo ni el antisemitismo en el corazón de los germanos, sólo supo sacarle provecho para ganarse el favor de muchos de sus compatriotas.

    Y es precisamente por esa intolerancia, que los pueblos, las naciones, no hacen más que profundizar las crisis de las que, se supone, tratan de salir.

    Y si alguien puede dar fe de esta realidad es Lorenzo Mendoza, después de todo, parte del éxito de la empresa que hoy dirige, se inició con el talento de un joven checo de origen judío llamado Carlos Roubicek, quien al huir del antisemitismo y holocausto en Europa, encontró en Venezuela un país que lo recibió con una mano amiga, sin perseguirlo por sus creencias, y donde su capacidad fue aprovechada para cambiar la fórmula de fabricación de la cerveza Polar, ayudando así al éxito de esta bebida en el país que le adoptó.

    Vemos entonces cómo la intolerancia Alemana, le hizo perder a Europa a un talento invaluable, que fue aprovechado en un pequeño país suramericano. Roubicek fue sólo uno más, en una enorme cantidad de inmigrantes judíos, que ayudaron a construir una tierra de oportunidades en la nación de Bolívar.

    Ahora esa intolerancia está presente entre nosotros, lo que nos coloca en la situación de perder un invalorable recurso humano. Esa es la advertencia que Mendoza nos hacía en sus palabras.

    Pero ese pensamiento de división, de desprecio al éxito, al esfuerzo y al trabajo, es lo que convirtió un discurso de unidad, en un motivo más de división.

    Y esa crítica, ese desprecio hacia el otro porque “tiene dinero” o “tiene un título”, nos impide progresar como sociedad. Si “no hacer cola para comprar harina”, le quita autoridad a Lorenzo Mendoza para opinar como lo hizo, tal vez algunas otras que hagan a algunos pensar de modo diferente:
    1.  En realidad, cuando Lorenzo Mendoza dice “hay quienes no podemos irnos de Venezuela”, no dice del todo la verdad. Si algún venezolano puede irse (a donde desee) es precisamente él. En otras palabras “no tiene que hacer cola para entrar en ningún otro lado”.
    2. Creer que por su posición económica, no sufre los problemas del país, es falso de toda falsedad. Por ejemplo, la inseguridad (primer motivo aducido por los emigrantes venezolanos) le ha tocado, y muy de cerca.
    3. Durante los últimos años, ha sido uno de los pocos empresarios venezolanos que ha logrado manejar una empresa de manera exitosa, sin sucumbir a las duras condiciones impuestas por un sistema anti-económico y sin entregarse al “rastacuerismo” o el “testaferrismo” que ha sido la norma entre muchos representantes del sector.
    4. Mendoza es el responsable de que decenas de miles de trabajadores directos e indirectos lleven el pan diario a sus hogares, amparados por unas condiciones laborales privilegiadas en el actual entorno venezolano.
    5. Y finalmente, la más importante: Aunque no haga cola para comprar harina, es gracias a su gestión que todavía hay algo de harina por la que valga la pena hacer la cola.
    Particularmente, creo que debemos entender, de una vez por todas, que la envidia, el resentimiento y la soberbia, no construyen... destruyen. Cuando Lorenzo Mendoza dice que “todos hacemos falta”, tiene toda la razón. Hacen falta los trabajadores, hacen falta los empresarios, hacen falta los artistas, hacen falta las amas de casa, los estudiantes, los profesores, los comerciantes… Hacen falta los católicos, los evangélicos, los judíos, hasta los ateos… Hacen falta los ricos, los pobres… Hacen falta los capitalistas, los socialistas, los creyentes, los escépticos, los confiados, los desconfiados… Hacen falta los 30 millones de venezolanos y los extranjeros que se nos quieran sumar.

    Y finalmente, las palabras de Lorenzo Mendoza me enseñaron que, a pesar de la enorme (por no decir astronómica) diferencia entre nuestras cuentas bancarias, tenemos un mismo sueño, un mismo compromiso y una misma esperanza: el sueño de vivir en un mejor país sin necesidad de salir de casa, el compromiso de honrar el legado de nuestros padres y la esperanza de que nuestros hijos vivan ese sueño.
    Si dos personas ubicadas en las antípodas de las clases sociales, podemos tener tanto en común, ¿para qué seguir buscando diferencias con quienes tenemos al lado?

    Nadie es indispensable, pero es indispensable que estemos todos.

    lunes, 28 de abril de 2014

    Carta a Nicolás, de un oligarca desempleado y marginal

    Nicolás, confieso que me ha costado mucho escribirte estas líneas, y ello obedece a una sencilla razón: desde que eres presidente, incluso desde antes, mi primer impulso ante tus palabras, ante tus acciones y ante lo que tú representas ha sido sencillamente ignorarte. Y es que de verdad por mucho que trato, no encuentro nada en ti que sea digno de estudio o de consideración. No llegaste: te pusieron… No aprendes: repites… No avanzas: te empujan…Al verte, me pregunto si no estás capacitado para el cargo; al escucharte, se disipa la duda. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de puntualizar algunas cosas, que aunque posiblemente no te resulten inteligibles, sé que serán comprendidas por quienes toman las decisiones en este gobierno que tú simulas conducir.

    De verdad que te lo digo en serio Nicolás, aunque me cuesta tomarte en serio. Con el difunto Chávez, cuando menos, confieso que a veces me quedaba la duda de si, muy en el fondo, él estaba convencido de lo que decía. En tu caso, en cambio, ni asomo de duda; no pienso que creas lo que tú mismo dices... es más, no creo ni siquiera que lo entiendas. Me recuerdas a esos alumnos que para una exposición se caletrean unos párrafos de Wikipedia y cuando uno les pregunta algo de lo que dijeron, quedan ponchados.
    Pero bueno, tú tienes el cargo de presidente, aunque no lo ejerzas, y te voy a hablar como si entendieras lo que digo.
    Lo primero que quisiera expresar es que me resulta altamente risible que tú, con tus trajes de diseñador, abrigado para disfrutar del aire acondicionado en la “Casa de Misia Jacinta”, me acuses a mí de burgués, de ricachón y de oligarca.
    Ante estos hechos, y ante tus afirmaciones y acusaciones, considero que me he ganado un nuevo status: el de oligarca marginal. Lo de "Oligarca" para no contradecirte; y lo de "Marginal" para no contradecir a los hechos.
    Resulta que mientras tú te debates entre viajar en el lujo de un avión de la Fuerza Aérea Venezolana, o de una aeronave de Cubana de Aviación, yo debo escoger entre ir colgado a las puertas de una atestada buseta, o viajar en un carrito de segunda mano que me ha dejado botado en cada calle de esta ciudad.
    Mientras tú asistes a banquetes con ministros, embajadores, presidentes y monarcas; yo estoy aquí con un par de rodajas de pan y media lata de atún (la otra media lata la guardo para mañana).
    Mientras tú estás reunido con los jerarcas chinos, solicitando un préstamo por no sé cuántos millones de dólares para no sé qué proyecto que nunca veremos, yo le estoy pidiendo a mi suegra 20 bolos para pagar el transporte.
    Porque mientras los hijos de los jerarcas que te acompañan andan por el mundo, mostrando sus lujos en todas las redes sociales; los míos andan dando trancazos, estudiando con libros prestados, comiendo espaguetis con salsa de tomate y tratando de rendir cuatro lochas para el próximo día.
    Porque mientras los representantes de tu gobierno se pasean bien trajeados en el Vaticano, en la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII (creo que van más por el viaje que por la bendición), yo estoy prendiéndole una vela a los nuevos santos, para que hagan el milagro de conseguirme un buen trabajo.
    Mientras tú haces llamar a tu mujer “Primera combatiente”, la mía anda “combatiendo” contra la inflación, contra la escasez, contra la inseguridad; para que nos podamos sentar a la mesa.
    Mientras tú duermes como un bebé, yo me desvelo pensando si el día de mañana será un poquito “menos peor” que el de hoy.
    Mientras tú pasas horas y horas, alumbrado por la luces de un estudio de televisión, destrozando el idioma, yo igual no te puedo ver ni oír, aunque quiera, porque otra vez se fue la luz. 
    Mientras tú le pagas millones a un grupo de estrategas extranjeros para que diseñen un sistema educativo que propague la ignorancia, yo me gano una miseria en las aulas, para garantizar que por lo menos a mis alumnos les llegue un poquito del conocimiento académico que tú te negaste a ti mismo y ahora quieres negar a los demás.
    Mientras tú anuncias en cadena nacional exiguos aumentos de sueldo para los trabajadores, yo, que no tengo un empleo fijo y que sobrevivo dando clases día y noche y matando tigres, debo enfrentar a los ingentes aumentos de precios que tú, paradójicamente, olvidas mencionar en tus imitaciones de alocución.
    Y lo peor es que, cuando mis alumnos te ven henchido al mismo tiempo de poder y de ignorancia, los argumentos para que estudien y aprendan se les hacen cada vez más absurdos.
    A pesar de todo, créeme que no te envidio. Por alguna extraña razón, yo, en medio de las carencias y la falta de un futuro mejor, le sonrío a la vida con sinceridad. Tú, en cambio, con tus trajes de diseñador, con tus viajes en vuelos privados, con tus comidas exóticas, no puedes ocultar la amargura que llevas por dentro. La diferencia entre tú y yo es que, de niño, de joven y de adulto, tuve siempre el amor de una familia extraordinaria. Nunca tuve lujos, pero he sido tan feliz, que no le envidio nada a nadie. Tú, en cambio, has crecido envidiando a todos los que tienen lo que tú no tienes. Por eso envidias a los estudiantes y a los intelectuales, porque tienen lo que nunca tuviste: conocimiento. Envidias a medio país, porque hemos tenido lo que tú no tuviste: una familia de la cual sentirnos orgullosos. Envidias a millones de personas porque tienen lo que nuca tuviste: felicidad genuina. Y creo que hasta nos envidias porque tenemos algo que, aparentemente, tampoco tienes: una partida de nacimiento para mostrar al mundo.
    Yo sé que, a pesar de tu evidente falta de conocimiento, muy en el fondo sabes que no perteneces allí, y esa certidumbre de que tú no decides tu permanencia en esa "apariencia de poder", amenaza tu "sueño de bebé".
    De verdad que, al verte tan encumbrado, me pregunto si será verdad cuando dicen que “la ignorancia es una bendición”.
    Atentamente,

    Un desempleado (y oligarca marginal)

    sábado, 13 de abril de 2013

    Carta a mis amigos opositores

    Un par de días atrás decidí hablar con mis "panas chavistas" para aclarar respetuosamente nuestras diferencias. Quisiera ahora hablar con los que están en la "otras acera", los llamados "opositores" con quienes también mantengo algunas divergencias.

    Como lo he mencionado anteriormente, trato de ser tan imparcial como pueda. Es por ello que  siempre me ha sido difícil (por no decir imposible) apoyar de manera irrestricta a ninguna ideología, partido político y, mucho menos, a una persona en particular. Tal vez sea esta la razón de que mi vida democrática haya sido testigo de cómo he votado por candidatos presidenciales tan disímiles como Teodoro Petkoff, Andrés Velásquez o Henrique Salas Römer, tendencia que se mantuvo también en otros cargos de elección popular, como la oportunidad en que voté por Aristóbulo Istúriz a la Alcaldía de Caracas (cuando le ganó a Claudio Fermín).Y por supuesto, ello ha llevado al hecho de que haya votado por partidos políticos de izquierda, de derecha, de centro... de dónde estuvieran, según mi apreciación, los mejores nombres.
    No obstante, siempre estuve en contra de aquellos partidos que utilizaban el "populismo" con la vieja tesis de que "mis problemas debe resolverlo otro", porque al fin y al cabo, según esa teoría, "mis problemas son culpa de otro".
    Y aquí es donde viene el primer punto en el cual discrepo con muchísima gente. Siempre se ha dicho que los problemas de Venezuela son culpa del gobierno (o en general de los malos gobiernos); sin embargo, creo que más bien los problemas son atribuibles a los malos ciudadanos. Sí. La culpa es, en realidad, nuestra.
    Me explico: Cuando Carlos Andrés Pérez fue presidente por segunda oportunidad, muchos amigos me decían que "la solución para los problemas del país es que se vayan los adecos y se monte un militar". Se fueron los adecos, llegó el militar y me decían "el problema son estos militares que están en todo, la solución es salir de Chávez". Murió Chávez y seguimos sin solución.
    La verdad es que la responsabilidad debe asumirla cada quien. La educación de mis hijos es mi responsabilidad, no del gobierno. Si una hija mía se convierte en madre adolescente, es mi responsabilidad, no del gobierno. Si no estudio lo suficiente y raspo una materia, es mi responsabilidad, no del gobierno (ni del profesor).
    Por ello creo que, pase lo que pase este 14 de abril, muchos de nuestros problemas seguirán estando allí el 15, y el 16 y los días siguientes. Y estoy convencido de que el primer paso para resoverlos, es que dejemos de buscar culpables para comenzar a hallar soluciones.
    Sencillamente, no me parece justo quejarnos de los abusos de poder del Presidente, de los ministros, de los rectores del CNE, de los jueces, de los militares; para luego llegar a cometer abusos en nuestra calle, en el colegio de nuestros hijos, en los semáforos. Si manejo como "me da la gana", porque tengo un carro más grande que el tuyo y tú te tienes que quitar del medio; eso es abuso. Si dejo de pagar el condominio en mi edificio, porque "me da la gana"; eso es abuso.
    Lo primero que debemos hacer el día 15, es comenzar a asumir responsabilidades y dejar de echar culpas. Ello sólo nos ha llevado por la senda del odio y la división.
    Siempre he dicho que para que haya paz en Venezuela, hace falta que esos que nos adversan amen más a este país de lo que nos odian a nosotros. Por eso, el argumento de las ayudas a otros países, o la presencia de funcionarios extranjeros no hace mella en sus simpatías: sencillamente el odio hacia nosotros es tan grande que el amor por la patria pasa a un segundo plano. Pero la ecuación funciona también de este lado. Si no somos capaces de poner a la patria por encima de todo, jamás lograremos la paz. Nos toca la tarea de sembrar el amor y desterrar el odio. Se dice fácil.
    No podemos ir a esta cita con el destino, pensando más en el odio hacia esos otros compatriotas que en el amor por Venezuela. Y a aquellos que piensen que 14 años de injusticias son razón más que suficiente para sentir rencor, créanme: quien escribe las ha sufrido.. y mucho. Sin embargo, creo en un proverbio latino que dice accipere quam facere praestat injuriam (es preferible sufrir una injusticia que cometerla). Y además, la solución para frenar una injusticia, no puede ser cometer otra.
    Por otro lado, sostengo que la democracia es, de lejos, el mejor de todos los sistemas políticos. Creo que lo único mejor que la democracia es... más democracia. Esa es la razón por la cual, a pesar de mis opiniones, acepto que hay una gran parte del país que ha seguido y sigue un proyecto del cual discrepo. Desconocerlo sería un error, que muchos, por cierto, han cometido.
    Por ello, a diferencia de muchos, mañana no voy a votar por una persona. Voy a votar por la oportunidad de seguir votando, de seguir opinando, de seguir discrepando. En fin, por más democracia.
    Y, al igual que muchos, voy a votar con optimismo. Pero, a diferencia de muchos, mi optimismo no está basado en los posibles resultados. Es más, como lo he señalado muchas veces, objetivamente pienso que las posibilidades están en contra.
    ¿De dónde deriva entonces el optimismo? De la certeza de que estoy tomando la decisión más acertada. De que me asiste la razón, la justicia y la verdad. Por ello, en estos días me ha dado vueltas en la cabeza una frase de Mahatma Gandhi que dice ""La alegría está en la lucha, en el esfuerzo, en el sufrimiento que supone la lucha y no en la victoria."
    Yo sé que la tierra prometida espera por nosotros. Sólo Dios sabe cuándo éste, que también es Su pueblo, entrará a ella. Le doy gracias al Creador por haberme hecho caminar por el desierto para buscarla. Que Él decida si yo estaré entre quienes entren en ella.
    Por eso, mañana 14 de abril, como ahora y siempre, hágase. Señor, Tu voluntad.
    Dios bendiga a Venezuela... y a todas las naciones del mundo.

    miércoles, 10 de abril de 2013

    Carta a mis amigos chavistas


    • Nunca los he considerado mis enemigos, los bendigo por pensar diferente a mí. Pero, definitivamente, deseo seguir un camino muy distinto al que ustedes defienden, y quiero decirles por qué. Eso sí; sin una gota de odio...
    Quienes me conocen, saben que siempre he tratado de ser lo más imparcial que me es posible, algo difícil de lograr en los tiempos que corren. Me precio de contar con el afecto de personas de las más distintas posiciones, tanto políticas como religiosas, filosóficas; en fin, de las más variadas tendencias.
    Sin embargo, también estoy convencido de que en todo tiempo, y especialmente en períodos cruciales como el que estamos viviendo, debemos ser capaces de asumir las posiciones y ejercer las acciones que las circunstancias requieren y que nuestra conciencia reclama.
    Por ello, creo que ha llegado el momento en que tengo que hablar desde el corazón con aquellos a quienes me enorgullezco en llamar amigos, y que están plenamente identificados con las políticas adoptadas por quienes hoy dirigen los destinos del país desde las altas esferas del poder. Sí, hoy quiero hablar especialmente con mis “panas chavistas”.
    Antes de continuar quiero aclarar que, al contrario de lo que muchos opositores piensan, yo no creo que esta batalla esté ganada. Es más, creo que las posibilidades están en contra, y no sólo por el enorme poder y los recursos infinitos que maneja a su antojo el sector pro-gobierno, sino porque hay un enorme espectro de la población que apoya al actual sistema. Así que no quiero que se vaya a pensar que asumo ahora una posición “oportunista” ante un eventual cambio de gobierno. Aclarado el punto, prosigo.
    Como se los he dicho en diversas oportunidades, siempre he respetado el derecho que tienen a militar en ésa o en cualquier otra causa política. Nunca los he considerado enemigos ni los he despreciado por el hecho de que pensemos distinto (ni siquiera porque ustedes sí me hayan visto como enemigo). Sin embargo, hoy más que nunca, estoy convencido (y tengo que decirlo) que esa vía que ustedes, en pleno derecho, apoyan y defienden no es, ni de lejos, la respuesta  a las graves dificultades que vive nuestra nación. Es más, no sólo creo firmemente que esa opción no es la solución, sino que considero que más bien es parte del problema, y sostengo que los hechos recientes así lo confirman.
    Si el propósito de la actual administración es brindar esa “mayor suma de felicidad posible” expresada en su momento por el Padre de la Patria, quisiera que me expliquen qué clase de bienestar se construye cuando millones de venezolanos debemos tratar de sobrevivir con cada vez menos empleos, con una inflación que se traga el poco dinero que nos llega al bolsillo, con una escasez que nos lleva a pelearnos en una cola por el último kilo de harina de maíz, con un sistema de salud que no nos garantiza ni siquiera la posibilidad de conseguir las medicinas que necesitamos.
    Sé que, ante esta situación, la respuesta será que todo ello se debe a una conspiración internacional. Pues si es así, los felicito por haber descubierto la causa, pero lo que necesito es un gobierno que consiga la solución.
    Créanme que, de verdad, a estas alturas, poco me importa cuál sea el origen del problema, lo que me interesa es contar con un liderazgo que lo solucione, pero de verdad.
    A estas alturas, de verdad, poco me importa si en Miraflores está un burgués o está un chofer, si está un sifrinito o un marginal. Lo que me interesa es que allí esté un presidente que resuelva mis problemas, no uno que me busque otros inconvenientes nuevos.
    A estas alturas, poco me importa si la economía está en manos de la derecha o de la izquierda, lo que me interesa es tener un trabajo digno, un salario justo y la posibilidad de gastarlo en darle a mi familia una mejor educación, una mejor salud, en fin, una mejor calidad de vida.
    Por otro lado, no creo que decirme apátrida, vendepatria, burgués, pitiyanqui, cachorro del imperio, traidor, o algo peor, sea la manera más adecuada de convencerme de que buscan la paz y un país mejor para todos.
    Además, créanme que  la amenaza de que me va a caer una maldición por votar en contra me tiene sin cuidado. Y les voy a decir por qué: a mí, al igual que a millones de mis compatriotas, la maldición me cayó hace 14 años, y lo que quiero precisamente es quitármela de encima.
    De todas maneras, en respuesta a esa maldición, deseo de corazón que Dios los bendiga a ustedes por pensar distinto.
    Por otro lado, como comunicador social, no puedo creer en una política informativa que se basa en quitarle a unos el derecho a opinar y darle a otros el poder de insultar. Ni tampoco puedo apoyar los “cambios de nombre” como solución a los problemas: un damnificado, aunque se le llame “dignificado” es un damnificado; la inseguridad, aunque se le llama “sensación de inseguridad” es inseguridad; una devaluación, aunque se le llame “ajuste” es una devaluación.
    Un aspecto que, de manera particular me preocupa de la actualidad que vivimos, tiene que ver con el tema de la fe. Simplemente no puedo simpatizar con una corriente que compara abiertamente a Nuestro Señor Jesucristo con guerrilleros y grupos armados. No puedo estar del lado de quienes justifican el asalto a iglesias, la destrucción de imágenes de la Santísima Virgen, la profanación de sinagogas. Tampoco puedo estar de acuerdo con una ideología que, por diseño, niega la existencia de Dios y que pretende convertir en deidades a simples mortales, y mucho menos puedo estar del lado de quienes realizan prácticas paganas pseudo-religiosas.
    Finalmente, quiero dejar claro que, si bien es innegable que respeto su derecho a adoptar la posición política que deseen, no es menos cierto que, al hacerlo, deben asumir la responsabilidad por las acciones que derivan de ese apoyo. Por ello, al avalar al actual sistema, ustedes son co-responsables de los actos que sus dirigentes ejecutan en nombre del apoyo popular que reciben de ustedes.
    Ello quiere decir que ustedes avalan que decenas de miles de personas hoy no tengan trabajo debido a actos de gobierno como la inefable lista Tascón, el cierre de RCTV, las expropiaciones de empresas privadas, los controles de precios, la devaluación, etc. Respaldan también la inacción ante la delincuencia, que lleva a cientos de hogares venezolanos al luto y la impotencia. Están de acuerdo, así mismo, con penalizar a los empresarios nacionales para enriquecer a empresarios extranjeros (tan capitalistas unos como otros). Están de acuerdo con el uso de los recursos públicos (de todos los venezolanos) para beneficiar a unos pocos (oligarquía). Y aquí, disculpen, no valen las excusas de “yo no sabía”, “yo sólo hacía mi trabajo”, “yo no creía”. Esas justificaciones no le funcionaron a los criminales nazis en Nuremberg… y no creo que sirvan de mucho ahora.
    Un mensaje muy especial para los miembros de mi familia que simpatizan con el gobierno. Debo confesar que me ha costado entender y aceptar la indiferencia e incluso la alegría que les produce saber las dificultades que he debido afrontar a causa de mis opiniones. Eso de verdad que no lo vi venir. Si tan mal hermano he sido para merecer esa actitud, de corazón les pido perdón.
    Como les decía al principio, creo que la cosa está difícil para quienes buscamos un cambio. Al menos por ahora. Sin embargo, sé que al final el bien triunfa. En estos días me ha dado vueltas en la cabeza una frase de Rómulo Gallegos acuñada en su célebre Doña Bárbara: “Algún día será verdad, el progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida; tal vez nosotros no lleguemos a verlo, pero sangre nuestra palpitará en la emoción de quien lo vea”.
    Por ello,  mi visión no está en las elecciones del 14, yo veo mucho más allá. Tal vez sea la voluntad de Dios que, al igual que Moisés, no vivamos lo suficiente para entrar a la tierra prometida. Pero al igual que Moisés, al menos la hemos visto en el horizonte, sabemos que está allí. Y nuestra sangre correrá por las venas de quienes entren en ella.
    Finalmente, escribo acá las palabras que espero pronunciar en el momento en que deposite mi voto: “Hágase, Señor, tu voluntad”.
    Y, una vez más, disculpen, en ésta no los puedo acompañar.

    domingo, 8 de abril de 2012

    Al Imperio ni con el pétalo de una rosa


    La culebra se mata por la cabeza, dice un refrán popular. Sin embargo, el líder supremo gasta sus fuerzas en “pulverizar” a cuanto cachorro y subordinado del imperio se le atraviesa, pero al enemigo mismo, al mandamás de Washington, le regala un libro y le dice “I wanna be your friend”.

    Una de las mayores paradojas del nuevo liderazgo político unipersonal venezolano, es que tiene un solo enemigo público: el Imperio norteamericano. Sí, uno sólo, porque los demás son sólo “cachorros”. Los militares que dieron el golpe en Honduras lo hicieron… siguiendo órdenes de la base militar estadounidense en el país centroamericano. Álvaro Uribe se está armando para atacar a Venezuela… siguiendo instrucciones de la Casa Blanca. Los estudiantes venezolanos salen a protestar contra la Ley de Educación… porque para eso les paga la CIA.
    Entonces, ante semejante enemigo, cabría preguntarse ¿qué será capaz de hacer el gobierno venezolano? Y he aquí a paradoja.
    ¿Qué hace el líder máximo para castigar al Imperio por osar poner su planta insolente en el sagrado suelo del hermano país de Honduras? Nada. Al contrario, decida cortar el suministro de petróleo a Honduras, y propiciar un embargo económico a ese país, castigando, precisamente, al “hermano pueblo”.
    ¿Y castiga a los gringos por colocar sus nefastas botas militares en Colombia? No. Al contrario, decide no comprarle más nada a Colombia, contribuyendo así con el empobrecimiento de obreros, agricultores, choferes, y otros humildes trabajadores que son, en definitiva, el hermano pueblo de Colombia.
    ¿Y cómo castiga a los gringos por propiciar el “golpismo” en suelo venezolano? Pues castiga a los venezolanos demócratas que deciden votar en unas elecciones, negando recursos al Zulia, o al Táchira, colocando a una de sus mandaderas a gobernar el Distrito Capital, etc.
    Pero alguien podría decir, que Chávez le dijo “diablo” a Bush, y llamo a los americanos “gringos de mierda”. Sí, es verdad. Pero, aparte de gritar y vociferar ¿ha dejado en verdad de venderles petróleo? ¿Ha prohibido toda importación desde ese país? Ha amenazado con hacerlo, pero del dicho al hecho…
    Detrás del golpe de estado en Honduras, detrás del armamentismo en Colombia, detrás de las guarimbas de la oposición venezolana, detrás del intento de magnicidio, está la mano del Imperio. Sin embargo, el presidente Chávez, prefiere castigar a Honduras, a Colombia y a la oposición de su país, mientras que al “pez gordo”, al líder del imperio le dice “I wanna be your friend”.