viernes, 24 de abril de 2015

Las palabras de Mendoza no las entiende chavismo ni oposición

·         Las reacciones que generaron las palabras del Ing. Lorenzo Mendoza en las redes sociales, sirvieron para mostrar que la intolerancia puede ser una característica común de los oficialistas y sus detractores. Esta actitud nos impide ver que nadie es indispensable, pero es indispensable que estemos todos.


Hace algunos días, un audio del Ing. Lorenzo Mendoza, que estaba dirigido a los trabajadores de Empresas Polar, se hizo público a través de internet. En el archivo de sonido, se escuchaba al presidente del emporio industrial, haciendo un llamado a los venezolanos a permanecer en el país, a pesar de la actual situación.

En sus palabras, Mendoza expresaba, entre otras, dos frases que se hicieron virales “Irse del país equivale a cambiar unos problemas por otros” y “nadie es indispensable pero todos hacemos falta”.

Sobre la emigración, afirmaba que “respeto a la gente que tiene la oportunidad de irse (…) Esa es su decisión. No la comparto pero la respeto. Pero aquí 30 millones de venezolanos no podemos irnos (…) Aquí hay mucha gente que no puede irse para ningún lado y yo estoy con ellos. Yo estoy con la gente que no puede irse para ningún lado”.

Sin embargo, lo más llamativo del discurso, aún por encima de las palabras mismas de Mendoza, fueron las reacciones que generaron sus opiniones.

Una de ellas llamó particularmente la atención, pues aunque fue hecha por una joven abiertamente opositora, que había emigrado de Venezuela, contenía una crítica basada en razones de tinte indudablemente “chavista”. La escritora en cuestión, le increpaba a Mendoza su atrevimiento a expresarse de esa manera, diciéndole que “usted jamás ha hecho una cola para comprar harina P.A.N”. Y es allí, precisamente, donde se da la primera gran coincidencia en la forma de pensar de muchos chavistas y otros tantos opositores: Creer que el alto nivel socio-económico de Mendoza le impide opinar sobre la situación del país (después de todo, “ser rico es malo”, Chávez dixit).

Lamentablemente, reacciones como ésta me convencen cada día más que el gran secreto para el éxito político de Chávez (y por herencia del Chavismo), estriba en el hecho de que el Teniente Coronel golpista conocía muy bien al venezolano y su idiosincrasia.

Ciertamente, ese odio, resentimiento, o como quieras llamarlo, estaba allí, presente. Chávez no lo creó, ni siquiera lo incrementó, simplemente lo utilizó a su favor. Del mismo modo los hizo Hitler en la Alemania de los años 30 y 40: él no creó el racismo ni el antisemitismo en el corazón de los germanos, sólo supo sacarle provecho para ganarse el favor de muchos de sus compatriotas.

Y es precisamente por esa intolerancia, que los pueblos, las naciones, no hacen más que profundizar las crisis de las que, se supone, tratan de salir.

Y si alguien puede dar fe de esta realidad es Lorenzo Mendoza, después de todo, parte del éxito de la empresa que hoy dirige, se inició con el talento de un joven checo de origen judío llamado Carlos Roubicek, quien al huir del antisemitismo y holocausto en Europa, encontró en Venezuela un país que lo recibió con una mano amiga, sin perseguirlo por sus creencias, y donde su capacidad fue aprovechada para cambiar la fórmula de fabricación de la cerveza Polar, ayudando así al éxito de esta bebida en el país que le adoptó.

Vemos entonces cómo la intolerancia Alemana, le hizo perder a Europa a un talento invaluable, que fue aprovechado en un pequeño país suramericano. Roubicek fue sólo uno más, en una enorme cantidad de inmigrantes judíos, que ayudaron a construir una tierra de oportunidades en la nación de Bolívar.

Ahora esa intolerancia está presente entre nosotros, lo que nos coloca en la situación de perder un invalorable recurso humano. Esa es la advertencia que Mendoza nos hacía en sus palabras.

Pero ese pensamiento de división, de desprecio al éxito, al esfuerzo y al trabajo, es lo que convirtió un discurso de unidad, en un motivo más de división.

Y esa crítica, ese desprecio hacia el otro porque “tiene dinero” o “tiene un título”, nos impide progresar como sociedad. Si “no hacer cola para comprar harina”, le quita autoridad a Lorenzo Mendoza para opinar como lo hizo, tal vez algunas otras que hagan a algunos pensar de modo diferente:
  1.  En realidad, cuando Lorenzo Mendoza dice “hay quienes no podemos irnos de Venezuela”, no dice del todo la verdad. Si algún venezolano puede irse (a donde desee) es precisamente él. En otras palabras “no tiene que hacer cola para entrar en ningún otro lado”.
  2. Creer que por su posición económica, no sufre los problemas del país, es falso de toda falsedad. Por ejemplo, la inseguridad (primer motivo aducido por los emigrantes venezolanos) le ha tocado, y muy de cerca.
  3. Durante los últimos años, ha sido uno de los pocos empresarios venezolanos que ha logrado manejar una empresa de manera exitosa, sin sucumbir a las duras condiciones impuestas por un sistema anti-económico y sin entregarse al “rastacuerismo” o el “testaferrismo” que ha sido la norma entre muchos representantes del sector.
  4. Mendoza es el responsable de que decenas de miles de trabajadores directos e indirectos lleven el pan diario a sus hogares, amparados por unas condiciones laborales privilegiadas en el actual entorno venezolano.
  5. Y finalmente, la más importante: Aunque no haga cola para comprar harina, es gracias a su gestión que todavía hay algo de harina por la que valga la pena hacer la cola.
Particularmente, creo que debemos entender, de una vez por todas, que la envidia, el resentimiento y la soberbia, no construyen... destruyen. Cuando Lorenzo Mendoza dice que “todos hacemos falta”, tiene toda la razón. Hacen falta los trabajadores, hacen falta los empresarios, hacen falta los artistas, hacen falta las amas de casa, los estudiantes, los profesores, los comerciantes… Hacen falta los católicos, los evangélicos, los judíos, hasta los ateos… Hacen falta los ricos, los pobres… Hacen falta los capitalistas, los socialistas, los creyentes, los escépticos, los confiados, los desconfiados… Hacen falta los 30 millones de venezolanos y los extranjeros que se nos quieran sumar.

Y finalmente, las palabras de Lorenzo Mendoza me enseñaron que, a pesar de la enorme (por no decir astronómica) diferencia entre nuestras cuentas bancarias, tenemos un mismo sueño, un mismo compromiso y una misma esperanza: el sueño de vivir en un mejor país sin necesidad de salir de casa, el compromiso de honrar el legado de nuestros padres y la esperanza de que nuestros hijos vivan ese sueño.
Si dos personas ubicadas en las antípodas de las clases sociales, podemos tener tanto en común, ¿para qué seguir buscando diferencias con quienes tenemos al lado?

Nadie es indispensable, pero es indispensable que estemos todos.

lunes, 28 de abril de 2014

Carta a Nicolás, de un oligarca desempleado y marginal

Nicolás, confieso que me ha costado mucho escribirte estas líneas, y ello obedece a una sencilla razón: desde que eres presidente, incluso desde antes, mi primer impulso ante tus palabras, ante tus acciones y ante lo que tú representas ha sido sencillamente ignorarte. Y es que de verdad por mucho que trato, no encuentro nada en ti que sea digno de estudio o de consideración. No llegaste: te pusieron… No aprendes: repites… No avanzas: te empujan…Al verte, me pregunto si no estás capacitado para el cargo; al escucharte, se disipa la duda. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de puntualizar algunas cosas, que aunque posiblemente no te resulten inteligibles, sé que serán comprendidas por quienes toman las decisiones en este gobierno que tú simulas conducir.

De verdad que te lo digo en serio Nicolás, aunque me cuesta tomarte en serio. Con el difunto Chávez, cuando menos, confieso que a veces me quedaba la duda de si, muy en el fondo, él estaba convencido de lo que decía. En tu caso, en cambio, ni asomo de duda; no pienso que creas lo que tú mismo dices... es más, no creo ni siquiera que lo entiendas. Me recuerdas a esos alumnos que para una exposición se caletrean unos párrafos de Wikipedia y cuando uno les pregunta algo de lo que dijeron, quedan ponchados.
Pero bueno, tú tienes el cargo de presidente, aunque no lo ejerzas, y te voy a hablar como si entendieras lo que digo.
Lo primero que quisiera expresar es que me resulta altamente risible que tú, con tus trajes de diseñador, abrigado para disfrutar del aire acondicionado en la “Casa de Misia Jacinta”, me acuses a mí de burgués, de ricachón y de oligarca.
Ante estos hechos, y ante tus afirmaciones y acusaciones, considero que me he ganado un nuevo status: el de oligarca marginal. Lo de "Oligarca" para no contradecirte; y lo de "Marginal" para no contradecir a los hechos.
Resulta que mientras tú te debates entre viajar en el lujo de un avión de la Fuerza Aérea Venezolana, o de una aeronave de Cubana de Aviación, yo debo escoger entre ir colgado a las puertas de una atestada buseta, o viajar en un carrito de segunda mano que me ha dejado botado en cada calle de esta ciudad.
Mientras tú asistes a banquetes con ministros, embajadores, presidentes y monarcas; yo estoy aquí con un par de rodajas de pan y media lata de atún (la otra media lata la guardo para mañana).
Mientras tú estás reunido con los jerarcas chinos, solicitando un préstamo por no sé cuántos millones de dólares para no sé qué proyecto que nunca veremos, yo le estoy pidiendo a mi suegra 20 bolos para pagar el transporte.
Porque mientras los hijos de los jerarcas que te acompañan andan por el mundo, mostrando sus lujos en todas las redes sociales; los míos andan dando trancazos, estudiando con libros prestados, comiendo espaguetis con salsa de tomate y tratando de rendir cuatro lochas para el próximo día.
Porque mientras los representantes de tu gobierno se pasean bien trajeados en el Vaticano, en la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII (creo que van más por el viaje que por la bendición), yo estoy prendiéndole una vela a los nuevos santos, para que hagan el milagro de conseguirme un buen trabajo.
Mientras tú haces llamar a tu mujer “Primera combatiente”, la mía anda “combatiendo” contra la inflación, contra la escasez, contra la inseguridad; para que nos podamos sentar a la mesa.
Mientras tú duermes como un bebé, yo me desvelo pensando si el día de mañana será un poquito “menos peor” que el de hoy.
Mientras tú pasas horas y horas, alumbrado por la luces de un estudio de televisión, destrozando el idioma, yo igual no te puedo ver ni oír, aunque quiera, porque otra vez se fue la luz. 
Mientras tú le pagas millones a un grupo de estrategas extranjeros para que diseñen un sistema educativo que propague la ignorancia, yo me gano una miseria en las aulas, para garantizar que por lo menos a mis alumnos les llegue un poquito del conocimiento académico que tú te negaste a ti mismo y ahora quieres negar a los demás.
Mientras tú anuncias en cadena nacional exiguos aumentos de sueldo para los trabajadores, yo, que no tengo un empleo fijo y que sobrevivo dando clases día y noche y matando tigres, debo enfrentar a los ingentes aumentos de precios que tú, paradójicamente, olvidas mencionar en tus imitaciones de alocución.
Y lo peor es que, cuando mis alumnos te ven henchido al mismo tiempo de poder y de ignorancia, los argumentos para que estudien y aprendan se les hacen cada vez más absurdos.
A pesar de todo, créeme que no te envidio. Por alguna extraña razón, yo, en medio de las carencias y la falta de un futuro mejor, le sonrío a la vida con sinceridad. Tú, en cambio, con tus trajes de diseñador, con tus viajes en vuelos privados, con tus comidas exóticas, no puedes ocultar la amargura que llevas por dentro. La diferencia entre tú y yo es que, de niño, de joven y de adulto, tuve siempre el amor de una familia extraordinaria. Nunca tuve lujos, pero he sido tan feliz, que no le envidio nada a nadie. Tú, en cambio, has crecido envidiando a todos los que tienen lo que tú no tienes. Por eso envidias a los estudiantes y a los intelectuales, porque tienen lo que nunca tuviste: conocimiento. Envidias a medio país, porque hemos tenido lo que tú no tuviste: una familia de la cual sentirnos orgullosos. Envidias a millones de personas porque tienen lo que nuca tuviste: felicidad genuina. Y creo que hasta nos envidias porque tenemos algo que, aparentemente, tampoco tienes: una partida de nacimiento para mostrar al mundo.
Yo sé que, a pesar de tu evidente falta de conocimiento, muy en el fondo sabes que no perteneces allí, y esa certidumbre de que tú no decides tu permanencia en esa "apariencia de poder", amenaza tu "sueño de bebé".
De verdad que, al verte tan encumbrado, me pregunto si será verdad cuando dicen que “la ignorancia es una bendición”.
Atentamente,

Un desempleado (y oligarca marginal)

sábado, 13 de abril de 2013

Carta a mis amigos opositores

Un par de días atrás decidí hablar con mis "panas chavistas" para aclarar respetuosamente nuestras diferencias. Quisiera ahora hablar con los que están en la "otras acera", los llamados "opositores" con quienes también mantengo algunas divergencias.

Como lo he mencionado anteriormente, trato de ser tan imparcial como pueda. Es por ello que  siempre me ha sido difícil (por no decir imposible) apoyar de manera irrestricta a ninguna ideología, partido político y, mucho menos, a una persona en particular. Tal vez sea esta la razón de que mi vida democrática haya sido testigo de cómo he votado por candidatos presidenciales tan disímiles como Teodoro Petkoff, Andrés Velásquez o Henrique Salas Römer, tendencia que se mantuvo también en otros cargos de elección popular, como la oportunidad en que voté por Aristóbulo Istúriz a la Alcaldía de Caracas (cuando le ganó a Claudio Fermín).Y por supuesto, ello ha llevado al hecho de que haya votado por partidos políticos de izquierda, de derecha, de centro... de dónde estuvieran, según mi apreciación, los mejores nombres.
No obstante, siempre estuve en contra de aquellos partidos que utilizaban el "populismo" con la vieja tesis de que "mis problemas debe resolverlo otro", porque al fin y al cabo, según esa teoría, "mis problemas son culpa de otro".
Y aquí es donde viene el primer punto en el cual discrepo con muchísima gente. Siempre se ha dicho que los problemas de Venezuela son culpa del gobierno (o en general de los malos gobiernos); sin embargo, creo que más bien los problemas son atribuibles a los malos ciudadanos. Sí. La culpa es, en realidad, nuestra.
Me explico: Cuando Carlos Andrés Pérez fue presidente por segunda oportunidad, muchos amigos me decían que "la solución para los problemas del país es que se vayan los adecos y se monte un militar". Se fueron los adecos, llegó el militar y me decían "el problema son estos militares que están en todo, la solución es salir de Chávez". Murió Chávez y seguimos sin solución.
La verdad es que la responsabilidad debe asumirla cada quien. La educación de mis hijos es mi responsabilidad, no del gobierno. Si una hija mía se convierte en madre adolescente, es mi responsabilidad, no del gobierno. Si no estudio lo suficiente y raspo una materia, es mi responsabilidad, no del gobierno (ni del profesor).
Por ello creo que, pase lo que pase este 14 de abril, muchos de nuestros problemas seguirán estando allí el 15, y el 16 y los días siguientes. Y estoy convencido de que el primer paso para resoverlos, es que dejemos de buscar culpables para comenzar a hallar soluciones.
Sencillamente, no me parece justo quejarnos de los abusos de poder del Presidente, de los ministros, de los rectores del CNE, de los jueces, de los militares; para luego llegar a cometer abusos en nuestra calle, en el colegio de nuestros hijos, en los semáforos. Si manejo como "me da la gana", porque tengo un carro más grande que el tuyo y tú te tienes que quitar del medio; eso es abuso. Si dejo de pagar el condominio en mi edificio, porque "me da la gana"; eso es abuso.
Lo primero que debemos hacer el día 15, es comenzar a asumir responsabilidades y dejar de echar culpas. Ello sólo nos ha llevado por la senda del odio y la división.
Siempre he dicho que para que haya paz en Venezuela, hace falta que esos que nos adversan amen más a este país de lo que nos odian a nosotros. Por eso, el argumento de las ayudas a otros países, o la presencia de funcionarios extranjeros no hace mella en sus simpatías: sencillamente el odio hacia nosotros es tan grande que el amor por la patria pasa a un segundo plano. Pero la ecuación funciona también de este lado. Si no somos capaces de poner a la patria por encima de todo, jamás lograremos la paz. Nos toca la tarea de sembrar el amor y desterrar el odio. Se dice fácil.
No podemos ir a esta cita con el destino, pensando más en el odio hacia esos otros compatriotas que en el amor por Venezuela. Y a aquellos que piensen que 14 años de injusticias son razón más que suficiente para sentir rencor, créanme: quien escribe las ha sufrido.. y mucho. Sin embargo, creo en un proverbio latino que dice accipere quam facere praestat injuriam (es preferible sufrir una injusticia que cometerla). Y además, la solución para frenar una injusticia, no puede ser cometer otra.
Por otro lado, sostengo que la democracia es, de lejos, el mejor de todos los sistemas políticos. Creo que lo único mejor que la democracia es... más democracia. Esa es la razón por la cual, a pesar de mis opiniones, acepto que hay una gran parte del país que ha seguido y sigue un proyecto del cual discrepo. Desconocerlo sería un error, que muchos, por cierto, han cometido.
Por ello, a diferencia de muchos, mañana no voy a votar por una persona. Voy a votar por la oportunidad de seguir votando, de seguir opinando, de seguir discrepando. En fin, por más democracia.
Y, al igual que muchos, voy a votar con optimismo. Pero, a diferencia de muchos, mi optimismo no está basado en los posibles resultados. Es más, como lo he señalado muchas veces, objetivamente pienso que las posibilidades están en contra.
¿De dónde deriva entonces el optimismo? De la certeza de que estoy tomando la decisión más acertada. De que me asiste la razón, la justicia y la verdad. Por ello, en estos días me ha dado vueltas en la cabeza una frase de Mahatma Gandhi que dice ""La alegría está en la lucha, en el esfuerzo, en el sufrimiento que supone la lucha y no en la victoria."
Yo sé que la tierra prometida espera por nosotros. Sólo Dios sabe cuándo éste, que también es Su pueblo, entrará a ella. Le doy gracias al Creador por haberme hecho caminar por el desierto para buscarla. Que Él decida si yo estaré entre quienes entren en ella.
Por eso, mañana 14 de abril, como ahora y siempre, hágase. Señor, Tu voluntad.
Dios bendiga a Venezuela... y a todas las naciones del mundo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Carta a mis amigos chavistas


  • Nunca los he considerado mis enemigos, los bendigo por pensar diferente a mí. Pero, definitivamente, deseo seguir un camino muy distinto al que ustedes defienden, y quiero decirles por qué. Eso sí; sin una gota de odio...
Quienes me conocen, saben que siempre he tratado de ser lo más imparcial que me es posible, algo difícil de lograr en los tiempos que corren. Me precio de contar con el afecto de personas de las más distintas posiciones, tanto políticas como religiosas, filosóficas; en fin, de las más variadas tendencias.
Sin embargo, también estoy convencido de que en todo tiempo, y especialmente en períodos cruciales como el que estamos viviendo, debemos ser capaces de asumir las posiciones y ejercer las acciones que las circunstancias requieren y que nuestra conciencia reclama.
Por ello, creo que ha llegado el momento en que tengo que hablar desde el corazón con aquellos a quienes me enorgullezco en llamar amigos, y que están plenamente identificados con las políticas adoptadas por quienes hoy dirigen los destinos del país desde las altas esferas del poder. Sí, hoy quiero hablar especialmente con mis “panas chavistas”.
Antes de continuar quiero aclarar que, al contrario de lo que muchos opositores piensan, yo no creo que esta batalla esté ganada. Es más, creo que las posibilidades están en contra, y no sólo por el enorme poder y los recursos infinitos que maneja a su antojo el sector pro-gobierno, sino porque hay un enorme espectro de la población que apoya al actual sistema. Así que no quiero que se vaya a pensar que asumo ahora una posición “oportunista” ante un eventual cambio de gobierno. Aclarado el punto, prosigo.
Como se los he dicho en diversas oportunidades, siempre he respetado el derecho que tienen a militar en ésa o en cualquier otra causa política. Nunca los he considerado enemigos ni los he despreciado por el hecho de que pensemos distinto (ni siquiera porque ustedes sí me hayan visto como enemigo). Sin embargo, hoy más que nunca, estoy convencido (y tengo que decirlo) que esa vía que ustedes, en pleno derecho, apoyan y defienden no es, ni de lejos, la respuesta  a las graves dificultades que vive nuestra nación. Es más, no sólo creo firmemente que esa opción no es la solución, sino que considero que más bien es parte del problema, y sostengo que los hechos recientes así lo confirman.
Si el propósito de la actual administración es brindar esa “mayor suma de felicidad posible” expresada en su momento por el Padre de la Patria, quisiera que me expliquen qué clase de bienestar se construye cuando millones de venezolanos debemos tratar de sobrevivir con cada vez menos empleos, con una inflación que se traga el poco dinero que nos llega al bolsillo, con una escasez que nos lleva a pelearnos en una cola por el último kilo de harina de maíz, con un sistema de salud que no nos garantiza ni siquiera la posibilidad de conseguir las medicinas que necesitamos.
Sé que, ante esta situación, la respuesta será que todo ello se debe a una conspiración internacional. Pues si es así, los felicito por haber descubierto la causa, pero lo que necesito es un gobierno que consiga la solución.
Créanme que, de verdad, a estas alturas, poco me importa cuál sea el origen del problema, lo que me interesa es contar con un liderazgo que lo solucione, pero de verdad.
A estas alturas, de verdad, poco me importa si en Miraflores está un burgués o está un chofer, si está un sifrinito o un marginal. Lo que me interesa es que allí esté un presidente que resuelva mis problemas, no uno que me busque otros inconvenientes nuevos.
A estas alturas, poco me importa si la economía está en manos de la derecha o de la izquierda, lo que me interesa es tener un trabajo digno, un salario justo y la posibilidad de gastarlo en darle a mi familia una mejor educación, una mejor salud, en fin, una mejor calidad de vida.
Por otro lado, no creo que decirme apátrida, vendepatria, burgués, pitiyanqui, cachorro del imperio, traidor, o algo peor, sea la manera más adecuada de convencerme de que buscan la paz y un país mejor para todos.
Además, créanme que  la amenaza de que me va a caer una maldición por votar en contra me tiene sin cuidado. Y les voy a decir por qué: a mí, al igual que a millones de mis compatriotas, la maldición me cayó hace 14 años, y lo que quiero precisamente es quitármela de encima.
De todas maneras, en respuesta a esa maldición, deseo de corazón que Dios los bendiga a ustedes por pensar distinto.
Por otro lado, como comunicador social, no puedo creer en una política informativa que se basa en quitarle a unos el derecho a opinar y darle a otros el poder de insultar. Ni tampoco puedo apoyar los “cambios de nombre” como solución a los problemas: un damnificado, aunque se le llame “dignificado” es un damnificado; la inseguridad, aunque se le llama “sensación de inseguridad” es inseguridad; una devaluación, aunque se le llame “ajuste” es una devaluación.
Un aspecto que, de manera particular me preocupa de la actualidad que vivimos, tiene que ver con el tema de la fe. Simplemente no puedo simpatizar con una corriente que compara abiertamente a Nuestro Señor Jesucristo con guerrilleros y grupos armados. No puedo estar del lado de quienes justifican el asalto a iglesias, la destrucción de imágenes de la Santísima Virgen, la profanación de sinagogas. Tampoco puedo estar de acuerdo con una ideología que, por diseño, niega la existencia de Dios y que pretende convertir en deidades a simples mortales, y mucho menos puedo estar del lado de quienes realizan prácticas paganas pseudo-religiosas.
Finalmente, quiero dejar claro que, si bien es innegable que respeto su derecho a adoptar la posición política que deseen, no es menos cierto que, al hacerlo, deben asumir la responsabilidad por las acciones que derivan de ese apoyo. Por ello, al avalar al actual sistema, ustedes son co-responsables de los actos que sus dirigentes ejecutan en nombre del apoyo popular que reciben de ustedes.
Ello quiere decir que ustedes avalan que decenas de miles de personas hoy no tengan trabajo debido a actos de gobierno como la inefable lista Tascón, el cierre de RCTV, las expropiaciones de empresas privadas, los controles de precios, la devaluación, etc. Respaldan también la inacción ante la delincuencia, que lleva a cientos de hogares venezolanos al luto y la impotencia. Están de acuerdo, así mismo, con penalizar a los empresarios nacionales para enriquecer a empresarios extranjeros (tan capitalistas unos como otros). Están de acuerdo con el uso de los recursos públicos (de todos los venezolanos) para beneficiar a unos pocos (oligarquía). Y aquí, disculpen, no valen las excusas de “yo no sabía”, “yo sólo hacía mi trabajo”, “yo no creía”. Esas justificaciones no le funcionaron a los criminales nazis en Nuremberg… y no creo que sirvan de mucho ahora.
Un mensaje muy especial para los miembros de mi familia que simpatizan con el gobierno. Debo confesar que me ha costado entender y aceptar la indiferencia e incluso la alegría que les produce saber las dificultades que he debido afrontar a causa de mis opiniones. Eso de verdad que no lo vi venir. Si tan mal hermano he sido para merecer esa actitud, de corazón les pido perdón.
Como les decía al principio, creo que la cosa está difícil para quienes buscamos un cambio. Al menos por ahora. Sin embargo, sé que al final el bien triunfa. En estos días me ha dado vueltas en la cabeza una frase de Rómulo Gallegos acuñada en su célebre Doña Bárbara: “Algún día será verdad, el progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida; tal vez nosotros no lleguemos a verlo, pero sangre nuestra palpitará en la emoción de quien lo vea”.
Por ello,  mi visión no está en las elecciones del 14, yo veo mucho más allá. Tal vez sea la voluntad de Dios que, al igual que Moisés, no vivamos lo suficiente para entrar a la tierra prometida. Pero al igual que Moisés, al menos la hemos visto en el horizonte, sabemos que está allí. Y nuestra sangre correrá por las venas de quienes entren en ella.
Finalmente, escribo acá las palabras que espero pronunciar en el momento en que deposite mi voto: “Hágase, Señor, tu voluntad”.
Y, una vez más, disculpen, en ésta no los puedo acompañar.

domingo, 8 de abril de 2012

Al Imperio ni con el pétalo de una rosa


La culebra se mata por la cabeza, dice un refrán popular. Sin embargo, el líder supremo gasta sus fuerzas en “pulverizar” a cuanto cachorro y subordinado del imperio se le atraviesa, pero al enemigo mismo, al mandamás de Washington, le regala un libro y le dice “I wanna be your friend”.

Una de las mayores paradojas del nuevo liderazgo político unipersonal venezolano, es que tiene un solo enemigo público: el Imperio norteamericano. Sí, uno sólo, porque los demás son sólo “cachorros”. Los militares que dieron el golpe en Honduras lo hicieron… siguiendo órdenes de la base militar estadounidense en el país centroamericano. Álvaro Uribe se está armando para atacar a Venezuela… siguiendo instrucciones de la Casa Blanca. Los estudiantes venezolanos salen a protestar contra la Ley de Educación… porque para eso les paga la CIA.
Entonces, ante semejante enemigo, cabría preguntarse ¿qué será capaz de hacer el gobierno venezolano? Y he aquí a paradoja.
¿Qué hace el líder máximo para castigar al Imperio por osar poner su planta insolente en el sagrado suelo del hermano país de Honduras? Nada. Al contrario, decida cortar el suministro de petróleo a Honduras, y propiciar un embargo económico a ese país, castigando, precisamente, al “hermano pueblo”.
¿Y castiga a los gringos por colocar sus nefastas botas militares en Colombia? No. Al contrario, decide no comprarle más nada a Colombia, contribuyendo así con el empobrecimiento de obreros, agricultores, choferes, y otros humildes trabajadores que son, en definitiva, el hermano pueblo de Colombia.
¿Y cómo castiga a los gringos por propiciar el “golpismo” en suelo venezolano? Pues castiga a los venezolanos demócratas que deciden votar en unas elecciones, negando recursos al Zulia, o al Táchira, colocando a una de sus mandaderas a gobernar el Distrito Capital, etc.
Pero alguien podría decir, que Chávez le dijo “diablo” a Bush, y llamo a los americanos “gringos de mierda”. Sí, es verdad. Pero, aparte de gritar y vociferar ¿ha dejado en verdad de venderles petróleo? ¿Ha prohibido toda importación desde ese país? Ha amenazado con hacerlo, pero del dicho al hecho…
Detrás del golpe de estado en Honduras, detrás del armamentismo en Colombia, detrás de las guarimbas de la oposición venezolana, detrás del intento de magnicidio, está la mano del Imperio. Sin embargo, el presidente Chávez, prefiere castigar a Honduras, a Colombia y a la oposición de su país, mientras que al “pez gordo”, al líder del imperio le dice “I wanna be your friend”.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Rafael Caldera: Más allá de su tiempo


La muerte de Rafael Caldera ha servido para demostrar la falta de memoria de los venezolanos, quienes se empeñan en reducir la larga vida y obra del ex presidente a un solo hecho, el cual aprovechan para echar sobre sus hombros las culpas de otros, de muchos otros.
Es innegable que Rafael Caldera es, por diversos motivos, una de las figuras más influentes en la Venezuela del Siglo XX. No sólo por haber sido dos veces presidente de la República, sino también, y muy especialmente, por haber contribuido a delinear la concepción misma del país, especialmente en la segunda mitad de esa centuria. Se le reconoce por ser uno de los fundadores del Partido Socialcristiano Copei, desde el cual luchó contra la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, lo que lo costó el exilio. Fue uno de los firmantes del Pacto de Punto Fijo, documento que sentó las bases para permitir el período más largo de poder civil y de convivencia democrática en nuestra vida republicana. También fue firmante de la Constitución de 1961, la de mayor tiempo de vigencia en nuestra historia. Su primer período de gobierno le llevó a una tregua con los grupos armados de izquierda, que logran ser integrados en la vida política. Esos hechos permitieron, entre otras cosas, la llegada al poder de quienes se aprovecharon de él para acabar con esa Constitución. Por otro lado, se ha criticado mucho a Rafael Caldera su empeño por llegar al poder. Ciertamente, fue candidato presidencial en seis ocasiones, ganando en dos oportunidades. Pero no es menos cierto que, una vez en el poder, no tenía ningún problema en entregarlo en el tiempo legalmente establecido, ni un día más. Durante su segundo gobierno, muchas voces clamaban porque se produjera un “Calderazo”, que no era otra cosa que disolver el Congreso, como había hecho en Perú el entonces presidente Fujimori (quien para la época era muy admirado en círculos intelectuales y políticos venezolanos). La respuesta de Caldera, en esa oportunidad, fue contundente: “Soy institucionalista”. En lo personal, creo que uno de los mayores aportes de Rafael Caldera, fue la dignidad que imprimió a la figura presidencial. Durante sus dos administraciones, tuvimos como presidente a un hombre de familia y de valores morales. Un ejemplo a seguir. En lugar de criticar la inteligencia ajena, cultivó su propio intelecto. Dominaba lenguas como el Francés, Inglés, Italiano, algo de Alemán y lectura de Portugués. Fue miembro de la Academia Venezolana de la Lengua Española. Realizó sus estudios superiores en la Universidad Central de Venezuela, en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, logrando el doctorado. Enseñó sociología y leyes en varias universidades. Llegó a ser director del Instituto Venezolano de Derecho del Trabajo y presidente de la Asociación Venezolana de Sociología, la Organización Demócrata Cristiana de América Latina y la Unión Mundial Demócrata Cristiana. En lugar del insulto, utilizó argumentos. En lugar de la descalificación, utilizó el debate. En lugar del espectáculo, utilizó la diplomacia. Recuerdo que cuando se dirigía al país en cadena nacional (lo cual se hacía en raras ocasiones, para tratar asuntos de verdadero interés colectivo) no lo acompañaba el retrato de un guerrilero o de un mandatario extranjero, sino una fotografía de su esposa, doña Alicia, la Primera Dama. Creo que esas cualiades no han sido suficientemente valoradas en la política venezolana. Por ello, creo que no es coincidencia que en las dos ocasiones que dejó el poder, Caldera fuera sucedido por presidentes con tan escasa preparación intelectual y de tan dudosos valores morales. Sin embargo, de todas las acciones realizadas por Rafael Caldera, muchos prefieren recordar una sola, la cual aprovechan para depositar en él culpas y responsabilidades que, en realidad, pertenecen a otros, a muchos otros. Habrá que esperar el paso de la historia para entender a cabalidad lo que fue la vida y obra de este venezolano de excepción. En una última carta, pidió perdón por sus errores. ¿Quién pedirá reconocimiento por sus aciertos? Requiescat in pace

domingo, 22 de noviembre de 2009

El Muro de la Desconfianza


La reciente celebración de los 20 años de la caída del Muro de Berlín, ha servido para recordar y volver a poner al descubierto la esencia de los regímenes totalitarios comunistas: una gran desconfianza hacia su propio pueblo.

Desde los inicios de la civilización, las grandes sociedades han construido muros alrededor de sus territorios. Desde la Gran Muralla China (cuya construcción se inició en 221 antes de Cristo), pasando por las grandes ciudades amuralladas en Europa durante la época medieval (como Rothenburg, Dubrovnik, Ávila y Siena), el hombre levantó enormes paredes de piedra para defenderse de invasores externos.

En la segunda mitad del Siglo XX, el régimen comunista de Alemania Oriental, satélite del gobierno de Moscú, inició la construcción de un muro, al cual llamó “Muro de Protección Antifascista”. Sin embargo, a diferencia de las tradicionales edificaciones europeas de la de Edad Media, esta muralla no tenía como propósito evitar una invasión desde el exterior, sino impedir que los propios ciudadanos de la República Democrática Alemana salieran de su territorio. De este modo, el muro, más que una protección, se convirtió en una cárcel.

He allí la esencia de la política interior de todo sistema comunista: pensar que si se deja al pueblo elegir, escogerá mal. Por ello, se debe cerrar cualquier medio de comunicación que no sea “fiel” al proceso, porque el pueblo preferirá ver ese medio. También por esa razón se deben cerrar las fronteras, porque el pueblo no escogerá quedarse en su “madre patria”.

Lo curioso es que ese país, que sometía a sus ciudadanos a tal cercenamiento de la libertad, se autodenominaba “República Democrática”. Y esa es otra característica de los regímenes comunistas: pretender cambiar la esencia de las cosas (al menos en apariencia) con un simple cambio de nombre. Por ello el muro era llamado de “Protección Antifascista”, cuando en realidad protegía a los fascistas.

El Muro tenía una longitud de 155 kilómetros, estaba hecho principalmente de hormigón, tenía 302 torres de vigilancia, 20 búnkeres, 127 detectores de alarma,259 senderos para perros adiestrados, y era custodiado por unos 1.200 soldados con órdenes de “disparar a matar” a quien intentara cruzar. A pesar de ello, durante su permanencia (1961-1989) unas 5.000 personas lograron escapar (otras 192 murieron en el intento).

¿De qué escapaban? De la escasez de alimentos, de la mala calidad de vida, de la falta de perspectivas, de la imposibilidad de protestar. De poco consuelo resultaba la justificación del gobierno, que achacaba la culpa de todo al "decadente capitalismo occidental".

Aún hoy, en otras partes del mundo, en este Siglo XXI, otros gobiernos, en otras latitudes, tratan de levantar nuevos muros para encerrar a sus ciudadanos. Estas nuevas murallas no son de piedra, ni de hormigón. Ahora son tecnológicas, ideológicas, sociológicas. Cuando se cierra medios de comunicación, se penaliza la salida del país, se criminaliza el pensamiento libre, se cercena la iniciativa individual… se levantan nuevas barreras.

Sin embargo, para quienes desean repetir esta experiencia en beneficio propio, es importante que recuerden que el Muro de Berlín, construido para resistir ataques, bombas, maquinarias, asaltos… un buen día simplemente cayó por su propio peso. No por el peso del concreto ni del acero, sino por el peso de la intolerancia. Y tras el Muro de Berlín, cayó la Cortina de Hierro, desapareció la Unión Soviética… Y caerán, uno a uno, todos los muros de la desconfianza… Al tiempo que son tendidos los puentes de la libertad.